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ENTRAR AL POEMA
Hay que entrar al poema por la puerta de atrás Hay que colarse por cualquier ventanuco Ser musaraña Ninja Cogerlo desprevenido, inerme, acurrucado En un centelleo entonces Plantarle nueve versos en la frente Antes de que reúna el aliento preciso Para decirte ojo, mucho Cuidado Conmigo Yo soy El poema
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DONDE TIEMBLA LA LUZ
La luz tiembla como un destello roto donde la lluvia descompone reflejos que se despliegan sobre un lecho que late, turbio, espeso, bajo un mundo de barro. El tiempo también transita en el agua provocando escalofríos en su espalda, creando una red de arrugas que asemejan la huella de una mano octogenaria. Y tiemblan agua y luz sobre las olas al compás del pulso lento de los siglos que contemplan tantos cielos sumergidos donde nadan preguntas sin orilla.
Arrebol
Dormir será avivar la luz de los metales Me embriaga el arrebol de la espesura donde tiembla el aliento del rocío, y el ámbar que gotea en la blancura del álamo que llora su extravío. El fuego cuaja el ágata madura y el ópalo que sangra en el estío, el sol enhebra el oro en la arboleda y el azafrán se prende en la vereda. El trigo me susurra con su plata y el bronce se despierta en el ramaje, el cisne en la esmeralda se recata y el lago se reviste de celaje. El alba en el espejo me retrata sobre el cobre bruñido del follaje, y bebo en un destello prisionero el vino de este sueño verdadero.
Un poema de Alejandra
Alejandra Pizarnik, Diarios. ¿Qué tal, amado César? «¡Hay golpes tan fuertes en la vida!», ¿verdad? César: mi alma, nuestra alma, está bordada de cardenales multicolores. Forman el arco iris de la angustia. Recorren los espinos alumbrando telarañas y viscosidades. César: nuestra alma es un dechado de dolores. Es un látigo de un verdugo masoquista. Es un ave acribillada. Una flor que esperaba dulces abejas sonoras y recibe a un perro rabioso. Una nubecita que llora aislada. Una estrella que rompió un avión que se manejaba solo de modo que no hay a quién culpar en particular sino al cielo todo. César, ¿qué hacemos, César? Todos saben que vivo que mastico… Y no saben por qué en mi verso chirría oscuro sinsabor de féretro.
A lo mejor la fe
Del mismo modo que las alcachofas resultan ser cardos domesticados, al igual que hay abuelas tan terribles, tenemos que pasar la mano por la caoba y por las fieras. A pesar de los relatos de ángeles que al final eran nieve así dispuesta de forma que parece un niño santo, sigue confiando así, en lo blanco del agua, en sombras chinescas. Porque es verdad que existen muchos fósforos y guarismos que usar en lo nocturno, pero a mismas reinas los mismos páramos: del mismo sitio salen esta tinta de aquí y el queroseno.
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