Tus flechas no son dulces. No llevan alas ni perfumes, no suspiran en los pliegues del mito: son clavos diminutos, colmillos de acero que atraviesan sin preguntar. Me obligas a creer en la unión como se cree en una cicatriz: la carne rota se vuelve cárcel compartida. Dos cuerpos pegados por el dolor, dos hojas condenadas a un mismo destino, aunque tiemblen, aunque sangren. Tus manos no son manos, son la mandíbula que muerde, la risa afilada del hierro. No hay ternura en tu obra. Solo un golpe seco, un chasquido brutal que dice: juntos, aunque ardan. Y en la penumbra de mi mesa te descubro, pequeño monstruo doméstico, falso Cupido: grapadora.