Algo ocurre cuando el amor te encuentra. Cuando lo que iba a la deriva termina sobre la mesa, mirándote a los ojos, con los bolsillos vacíos y las vísceras aún calientes. Es viernes y descarrilan los cuerpos. Se amontonan los besos y se desprende la piel hasta encontrarse fuera, en el otro, reconocerse en los espejos de quien te ama (da igual que estén rotos). Ni las palabras alcanzan a nombrarte. Es entonces —y solo entonces— cuando los polos opuestos regresan al instante fugaz previo al estallido. Solo es eso.