Vine de lejos, de tiniebla oscura, mis brazos, aspas rotas en el suelo, tu mirada, colgada de aquel cielo, como una luna presa en su locura. Se desgarraron nubes en la altura, abrí los ojos rumbo a mi desvelo; un galope se acerca, sin consuelo, tu pelo cae, un río en su premura. Ebrio quedé de tu entraña más plena, un viento entre mis manos sopla fuerte, la sorda brisa que la piel condena; pienso en los idos, bajo alguna suerte, qué pequeño es el mundo, una cadena, cuando en la garganta aprieta la muerte.