Ya dejamos atrás, hace muchos gobiernos y reinados, el tiempo en que las gentes lo sabían, que la poesía es fruta bien jugosa del árbol de las lenguas, pero en invernaderos se reseca, su forma queda hueca, y estériles sus huesos, y el mercado no sabe cómo hacerse con ella donde crece silvestre, de manera espontánea, cómo sacarle el jugo ni cómo congelarla. Así que nos dijeron que es cosa de gurmés, que no tiene usuarios ni tirón, que no produce nada utilizable para extraer recursos de la gente. Y, a todo esto dedicando el tiempo, ando muy distraído del dinero, rellenando las hojas, su fina densidad, con fluidos que, según van secándose, construyen nuevas redes de transporte que sigo con los ojos y me llevan el alma hasta que ya no hay duda alguna: me acerco al territorio del delirio de ver con claridad, en su ser más opaco, el futuro pasado y tratar de avisar de los crueles crepúsculos plagados de recuerdos, infestados de minas y de lobos que nos vamos sembrando por delante, convencidos de que abrirán camino a los primeros pasos de los niños, y acabar apurando que no hay nada ni nadie al otro lado del papel. El ansia va creciendo y, preocupado, lo intento una vez más y bajo hasta el asfalto, busco algún otro humano, paupérrimo, me arrastro de mirada en mirada por las calles, creyendo que el lenguaje tiene alas que aún pueden volar sin presupuesto ni muchos presupuestos ni prejuicios, pero, cuando parece que consigo entablar un diálogo, lo veo interrumpido por la publicidad, su volumen obsceno dañando los oídos y los ojos, masticando la lengua curada, trabajada, lijada y acoplada con cuidado, ahumada en mil batallas contra el clero y la censura de la burguesía y la ignorancia de los asustados por manos y gargantas de todo género y degeneración en pos de la verdad que la poesía nos puede desvelar… Para que todo ello, sus potentes recursos, afinados más allá de lo audible, haya acabado en manos de los esclavos de los mercaderes, que escriben versos sueltos, retorcidos