pronto se hace de noche, de sueño inconciliable, de pesadilla en vivo por los días caníbales, que se cierran de bruces cuando no pueden más de arrastrar la consciencia de segundo en segundo por las horas; se respira melaza en vez de aire, y cada átomo ajeno bombardea electrones malditos, simultáneos de culpa y de vergüenza inabarcables inculcadas a fondo, más allá de la débil memoria sin solución ni paso del tiempo que le queda a la entrega, que extiende demasiados tentáculos terroríficamente más allá de lo orgánico, igual que trenes-bala en sus viajeros rizomatizándose hasta ocupar el ojo que se busca, drenarle los humores, paralizar la identificación y convertir los actos y la conducta en súplicas a dioses vengativos que podrían haber sido sus pares de no ser porque nada es lo que es si no tomó ya impulso antes de su llegada a esta existencia