No encuentro nunca lo que viene de mis entrañas hacia el horizonte nítido. Odio las sorpresas y nadie reconoce mi rostro a la luz de la plaza. He escrito árboles, pero no he plantado palabras, no tengo frutos, ni cazadores a mi acecho. Alguna vez tuve fe, y fui anónima, irresponsable sin validar el rojo. Voy por el medio, sola entre el azar, y sobrevivo a base de trucos. Se los enseño a mi gato inconsciente. Me enredo en las noches, me deshago en las mañanas, todos son ajenos y perdidos. No hay quien precise este vértigo.