No encuentro nunca
lo que viene de mis entrañas
hacia el horizonte nítido.
Odio las sorpresas
y nadie reconoce mi rostro
a la luz de la plaza.
He escrito árboles, pero
no he plantado palabras,
no tengo frutos,
ni cazadores a mi acecho.
Alguna vez tuve fe,
y fui anónima, irresponsable
sin validar el rojo.
Voy por el medio,
sola entre el azar,
y sobrevivo a base de trucos.
Se los enseño a mi gato inconsciente.
Me enredo en las noches,
me deshago en las mañanas,
todos son ajenos y perdidos.
No hay quien precise
este vértigo.