Creo que toda poética nace de una elección, pero también de un malentendido: confundimos la casa que hemos aprendido a habitar con el mundo entero. El poeta, cuando habla de poesía, rara vez habla desde una neutralidad transparente. Habla desde una educación de la mirada, desde una música que le ha formado el oído, desde una tradición que le ha enseñado qué merece llamarse intensidad, belleza, verdad o herida. Por eso me parece inevitable que quien escribe se posicione. No hay poema inocente en sentido fuerte. Elegir una forma, un ritmo, una imagen del lector, una relación con el yo o con la historia, ya implica una toma de partido. Como sugeriría Bourdieu, el gusto nunca es solo gusto: también ordena, distingue, legitima. Y como nos enseñan ciertas líneas, desde Adorno hasta Rancière, toda forma sensible distribuye un modo de aparecer del mundo. Ahora bien, posicionarse no debería equivaler a fundar un tribunal. Una poética puede ser firme sin volverse policial. El riesgo aparece cuando una estética particular se convierte en aduana: cuando decide quién entra y quién queda fuera de “la” poesía. Tal vez convenga pensar el campo poético como un espacio agonístico, no como una asamblea pacificada ni como una guerra de exterminio. Un lugar donde las tradiciones se disputan, se rozan, se hieren incluso, pero sin aspirar a clausurar definitivamente el sentido. La poesía necesita conflicto porque está viva; necesita diferencia porque ninguna forma agota lo real. Pero también necesita responsabilidad: no todo gesto rupturista es necesariamente profundo, ni toda tradición es necesariamente conservadora. Quizá la tarea del poeta no sea hablar en nombre de la poesía, sino responder por el pequeño territorio que abre con su palabra, sabiendo que ese territorio no es el mapa completo. Cada poema funda una intemperie. El error empieza cuando queremos convertirla en ley.