Ayer fue una casa con viejos ventanales, por donde la luz entraba a escondidas y mostraba el polvo de los recuerdos. Aprendió a nombrarse en silencio, a recoger sus fragmentos como quien junta agua con los dedos. Hubo voces que la llamaron de formas que no eran suyas, y aun así, guardó cada eco como queriendo descifrar su origen. Fue semilla bajo tierra: oscuridad necesaria, una promesa que aún no sabe pronunciar. Hoy camina con los pies descalzos sobre su historia. Hay cicatrices que ya no duelen, pero que todavía saben sangrar cuando el viento cambia. Se mira en los espejos sin pedir permiso, reconociendo en sus ojos a la mujer que aprendió a quedarse. Hoy no es certeza, sino tenue latido que duda y, aun así, se nombra en voz alta. Se elige. El mañana no tiene rostro, pero respira. Horizonte abierto, página en blanco donde el ayer insiste, no para olvidar lo vivido, ni vivir lo olvidado, sino para escribir con ello. Ya no teme a lo incierto, porque siente que también es culpable de su rumbo. Mañana será árbol: ramas abiertas, sombra donde otros puedan descansar. Y en ese porvenir, seguirá siendo la misma —y otra—, siempre en tránsito, y siempre, siempre, volviendo a morir... y a nacer. Iñaki Hernán