A esta cuestión vengo dándole vueltas durante un par de años. Personalmente, empezar el día con el entreno parece mucho más gratificante a nivel psicológico: empiezas el día, le das duro, sigues con todo y la noche empiezas el wind-down. Sin embargo mi reloj biológico hace que siempre funcione y rinda mucho mejor por la tarde noche, incluso tras un duro día de trabajo... vaya, que alguna rep de más sale. Con todo esto y dejando de lado el rendimiento --que entiendo que es personal-- y el reloj biológico de cada persona, a donde quiero llegar es: 1.- Si empiezas al empezar el día, por lo general, vas a tener cierta prisa porque aún te queda todo el día por afrontar (salvo que estés de vacaciones o sea tu día libre... entonces te queda el día que disfrutar y ya). 2.- Si vas cuando ya lo has terminado todo te lo puedes coger con más calma a pesar de que llegues cansando aunque es posible que te reactives a deshoras o que lleves cierta fatiga del día (y estrés acumulado). En mi caso prefiero entrenar sin prisas. Es decir, que una vez termine el entrene, tengo una franja de 3-4 horas en la que no tengo nada salvo alimentarme y quizá alguna tarea sin horario preestablecido. Esto me permite alargar los descansos si fuera necesario y meter más volumen aunque tenga que convertir una sesión de 90 minutos en una de 150 e incluso 180, pero llegando al número de sets y repes e incluso rebasándolo. Por otro lado, cuando entreno para empezar el día y voy con tiempo delimitado observo que, aún dejando algún set o repe por el camino (sí, las Cs de la rutina de Enso hay días que se ven como niños playful en un parquecito de arena), llego muy muy bien a la siguiente sesión e incluso saco algún PR cuando la sensación del entreno es de acabar hecho polvo. En los dos casos la sensación de cansancio acumulado es casi idéntica. En el primero (sin prisas) la satisfacción del volumen acumulado es insuperable. ¿Cuál es vuestra experiencia?