Al principio todo estaba hecho y vio Dios que todo era bueno. Al principio todo le había sido dado al hombre, pero nada le era necesario. Entonces Dios vio cómo el hombre probó temeroso el fruto. Ahí estaba la creación renunciando a su divinidad para experimentar la gloriosa libertad de la muerte. A cambio les fueron dados los dones verdaderos: el amor, para velar por lo que ama; y la sabiduría, para saber que todo lo que ama lo perderá. El hombre abrazó el error, la carne y el olvido. Y el tiempo entró en su sangre. Sus ojos se abrieron y así dejó de ver lo invisible; entonces, el paraíso fue expulsado del hombre. Y el hombre se hizo hombre cuando sintió miedo. Y la mujer, arrancada del costado, quiso ser mujer entera, y lo fue. Y porque era también a imagen y semejanza del hombre sintió miedo. Así les fue dada la muerte como castigo: para que el polvo recordara el polvo, y el espíritu viera el desengaño de la carne. Pero la muerte, lejos de apartarlos, los acercó a Dios. Y lo que era castigo, se volvió misericordia, y la misericordia fue un privilegio. Y vio Dios que incluso la muerte era buena.