... Los tres meses que viví
con las botas puestas!!
A finales de los años 80,
con apenas veintipocos, yo me sentía el rey del mundo. Regentaba mis propios negocios de hostelería entre Castellón y mi pueblo,
y en aquella época, el sector dejaba
mucho dinero en el bolsillo.
Tenía juventud, tenía billetes y sobre todo,
tenía una cabeza donde la sensatez todavía no había pedido sitio.
Era un caprichoso y un chulo,
(para qué nos vamos a engañar).
Yo iba a mi marcha.
Un día de verano de 1988 decidí irme
a Valencia a dar una vuelta.
En Castellón ya tenía
todos los comercios vistos,
así que Valencia era el lugar
para dejarse los cuartos.
Paseando, me topé con el escaparate
de una zapatería y me quedé congelado:
Allí estaban. Unas botas vaqueras auténticas, de piel de vaca auténtica, koo que pasada!!
Con su pelo blanco y marrón, relucientes.
Una extravagancia maravillosa.
Entré a la tienda con mis pintas
de chaval de veintipocos y le dije al dependiente:
Mira, me gustaría probarme esas botas.
El chaval me miró de arriba abajo,
juzgando mi aspecto, y con tono condescendiente me soltó:
Son caras, señor.
Esa frase fue como gasolina
para mi orgullo de hostelero veintañero.
Bueno, no importa le respondí,
sacando pecho.
Tengo dinero para pagarlas.
Bájame un 41.
Lo siento me dijo.
Es un muestrario,
todo lo que recibimos es del número 40.
¿Iba yo a dar mi brazo a torcer? ...........Jamás.
Bueno, pruébeme el 40.
Me senté, agarré la bota e intenté meter el pie. Aquello no entraba ni a tiros.
El dependiente, viendo que yo estaba empeñado en gastarme los duros,
sacó el viejo truco de las zapaterías:
Póngase esta bolsita
de plástico en el pie,
a ver si así desliza.
Me calcé la bolsa sobre el calcetín,
me calcé la bota y... ¡milagro!
El pie resbaló hacia el fondo.
Me ajusté mis vaqueros estrechos
por dentro de la caña para lucir bien
el pelaje blanco y marrón,
pagué lo que hiciera falta y salí a la calle fardando como si fuera un auténtico
cowboy de la Plana.
Volví a mi pueblo pisando fuerte.
La gente se quedaba loca:
"¡Joder, qué botas, qué botas!", me decían.
Yo era la envidia de la comarca.Jajaja
El problema vino por la noche.
Llegué a casa cansado,
me senté y decidí que era hora
de descansar los pies. Agarré la bota y tiré.
Nada. Mi señora de entonces (hoy mi ex) se puso enfrente, me agarró por el tobillo y empezó
a tirar con todas sus fuerzas.
El espectáculo era digno de ver:
ella arrastrándome por toda la casa,
moviendo la silla del sitio
y la bota ni se inmutaba.
Aquello estaba sellado al vacío.
Bueno, dije, ya cansado de forcejear,
pues me acuesto con las botas puestas.
Ya saldrán mañana.
Pero al día siguiente tampoco salieron.
Y al otro, tampoco.
Tenía que ir a trabajar
a mis negocios,era pleno verano y
no podía perder el tiempo.
Los días se convirtieron en semanas,
y las semanas en meses. **Estuve, textualmente, tres meses seguidos con las botas puestas.**
Vivir tres meses atrapado en tu propio calzado requiere cierta logística.
Los vaqueros ajustados no salían
por culpa de la caña de la bota,
así que los pantalones también se quedaron
a vivir conmigo.
Y.............¿Los calzoncillos? .... SEGUIRÁ
SEGUIRÁ EN UN RATO............... AlmaNegra.