Siempre he creído, o me hicieron creer, que las ideas no tienen un valor intrínseco; que las ideas, si no se ejecutan, quedan en eso: una simple idea que no aporta valor. Pero ¿qué tal si tu idea se transforma en consejo, aporta valor y crea una empresa escalable a nivel regional?
Hace aproximadamente 15 años vi a un par de jóvenes recién titulados, ambos de muy buenas universidades, ambos con muchas ganas de emprender.
En ese tiempo crearon una app bastante atractiva; la gente la usaba, pero era teóricamente ilegal.
No porque realmente estuviera fuera de la ley, sino porque su rubro tenía que pasar por tantos permisos que era prácticamente imposible llegar a cumplirlos. Su competencia era arrolladora y completamente legal, por lo cual su esquema, aunque funcional, perdía fuerza y valor. Un día los vi sentados almorzando, me acerqué a ellos, les hablé de mi visión del negocio y las dificultades que arrastraban. Sabía de sus capacidades y de su ímpetu, y les mostré otra cara de la moneda:
"Ustedes son expertos, cada uno en su área, pero están intentando emprender en el rubro equivocado".
Les conté una historia (suelo hacer eso para mostrar mis puntos de vista) y les hice ver que efectivamente su camino estaba en otro lado (aún aplica para muchos, incluso algunos de acá que se pueden sentir perdidos pero con muchas ganas).
Les conté que yo tenía una amiga, que ella lamentablemente había perdido a su papá (en plena juventud), que su papá era profesor de inglés y se había casado con una compañera que también era profesora de inglés, que su tía también era profesora de inglés y se había casado con un profesor de alemán... El papá de mi amiga, cansado de los colegios, de los turnos, los horarios y el sueldo, decidió arrendar una pequeña oficina en Providencia. Ahí, con su esposa, comenzaron a ofrecer clases de inglés con la sorpresa de que en muy poco tiempo se les llenó la pequeña oficina de estudiantes. Tuvieron que arrendar otra; cuando fue necesario, ingresaron al negocio la tía y su marido. Ya no era solo inglés, ahora también daban clases de alemán, y con eso «explotaron»: terminaron comprando un pequeño edificio de 4 pisos cerca del metro. En poco tiempo ya ninguno daba clases y solo se dedicaban a administrar y al negocio.
Con esto les hice ver que, aprovechando sus capacidades y el auge de los negocios digitales, debían emprender en educación, que era ese su nicho, que ahí estaba la plata. Al poco tiempo se pusieron manos a la obra y comenzaron su propia academia. Mucho esfuerzo, mucho sacrificio: escalaron enormemente, pasaron rápidamente de Chile a Colombia, luego a México e hicieron un negocio hermoso. Lamentablemente no los volví a ver personalmente; solo en redes sociales de vez en cuando me entero de sus logros y me da mucho gusto que un simple consejo y una historia tan personal generaran un negocio de esas características. Lamentablemente jamás volvimos a hablar.
Con esto quiero recordarles que pongan atención, que hay veces que los consejos vienen de quien menos lo esperas, que la acción hace negocios, no las ideas, y que la ayuda aporta valor.
Con esto espero darles otra visión, que aprovechen los espacios como este donde hay personas que ya caminaron un sendero que, aunque para ellos pudo ser difícil, tú no necesitas recorrer.
Que dar a conocer tus ideas no es un riesgo, que ofrecer ayuda o un consejo jamás es una pérdida de tiempo y que espacios como este no son muy comunes.
Aprovechémoslo.