Aprendió a cerrar sin hacer ruido.
A sonreír,
a responder,
a estar cerca…
sin dejar pasar a nadie.
Después de ciertas heridas, no levantó muros visibles.
Levantó algo más sutil: distancia impecable.
Parecía disponible, pero siempre había una puerta más adentro que nadie cruzaba.
Era protección refinada.
Un modo elegante de no volver a exponerse.
Y con el tiempo, ni ella misma supo cómo regresar hasta sí.
Otro avance del Oráculo…