Llamé a mis ánimas para devolverles las cargas que no me pertenecían. Y ellas vinieron a devolverme el oro que había olvidado que era mío. Llegaron despacio, desde ese lugar donde el tiempo ya no distingue los siglos. Traían olor a papel antiguo, a botica, a guisos de domingo. Traían libros entre las manos, recetas aprendidas de memoria, habitaciones llenas de voces y mesas donde siempre cabía uno más. Algunas habían conocido el peso de las responsabilidades. Otras, el de las palabras que nunca debieron pronunciarse. Todas traían una historia escrita entre las costuras de su tiempo. No venían a justificarse. Tampoco a pedirme que viviera como ellas. Y entonces apareció la Madre Guapa. Llegó levantándose ligeramente los refajos, con esa elegancia insolente de quien sabe más de lo que cuenta. Entre las enaguas asomaban pañuelos de tierras portuguesas, cuidadosamente doblados, con el secreto todavía prendido a las costuras. En una mano llevaba una moneda. En la otra, una máscara. Dicen que una noche, en un café de Salamanca, tres caballeros descubrieron que el ingenio de sus mujeres era bastante más peligroso que sus propias mentiras. La Madre Guapa sonreía. Y yo también. Había algo familiar en aquella mirada, en la ironía que se le escapaba por la comisura de los labios, en esa manera de encontrar siempre una rendija por donde abrirse camino. La reconocí antes de comprender por qué. Entonces miré a las demás. En sus manos había conocimiento. En sus gestos, firmeza. En sus silencios, decisiones que nunca llegaría a conocer del todo. Había ternura y había dureza. Había talento, contradicciones, generosidad y orgullo. Había mujeres que supieron hacerse un lugar en un mundo que no siempre les dejaba escoger dónde sentarse. Y comprendí que llevaba demasiado tiempo escuchando solamente sus penas. Había buscado las heridas con tanto empeño que había dejado de reconocer todo lo demás. La inteligencia. La picardía. La libertad de pensamiento. El amor. La ironía.