Hay presencias que nunca se marchan. Se quedan suspendidas en los rincones de la memoria, detrás de las puertas que dejamos cerradas, en las ventanas por las que alguna vez miramos. A veces creo reconocerlas en el espejo. Tienen mi rostro, mi voz, la forma de mis manos… Pero no soy yo. O quizá sí. Quizá soy también todas aquellas que fui dejando atrás para sobrevivir. Todas siguen aquí. Habitan mi piel como sombras transparentes, se confunden con mis gestos, respiran detrás de mis silencios. Y aunque intento cerrar las ventanas, el pasado encuentra siempre una rendija por donde volver a entrar. Durante mucho tiempo tuve miedo de esos fantasmas. Creí que venían a perseguirme, a recordarme lo que perdí, lo que no fui, Hoy comienzo a comprender que quizá no vienen a quedarse, sino a despedirse. Y que para dejarlos partir tendré que reconocerlos primero, pronunciar sus nombres, abrazar lo que fui sin condenarme a seguir siendo. Porque también yo he sido un fantasma: habitando mi cuerpo sin terminar de estar en él. Solo sé que, que ya no quiero perseguirlas, ni esconderme más. Quiero mirarlas de frente. Agradecerles haberme traído hasta aquí. Y entonces, abrir la ventana. Dejar que el aire pasee por los rincones, que el pasado encuentre su camino, Y lo que permaneció tanto tiempo en mí pueda, al fin, desvanecerse. Y en el silencio de esta despedida, mirando a mis fantasmas, susurrar: **Te doy permiso para marcharte.**