Gracias @Rebeca Saray , creo que aqui si he empezado a soltar, desde mi casa XII, cuando acabé de escribirla estaba agotada: A la mujer que fui Querida mía: Hoy quiero sentarme a tu lado. Mirarte a los ojos, reconocerte y abrazarte. Sin prisas, sin reproches, sin pedirte explicaciones. Hay tanto que quisiera decirte que no sé por dónde empezar. Hemos recorrido un camino muy largo juntas. Con nuestros miedos, nuestras dudas, nuestras pequeñas victorias y todas esas veces en las que creímos que no había suficiente. Sé que has cargado con muchas cosas. Que aprendiste a salir adelante, a resolver, a resistir y a seguir caminando incluso cuando estabas agotada. Y hoy no quiero reprocharte nada. Quiero escucharte. Quiero escuchar todo lo que nunca dijiste. Lo que guardaste por miedo, por prudencia, por amor o porque entonces no encontrabas las palabras. Quiero que me cuentes tus sueños. Los que cumpliste y los que quedaron esperando. Tus ilusiones, tus renuncias y todas esas cosas que deseabas y que quizá ni siquiera te permitiste pedir. Quiero saber cuántas veces sentiste que no eras suficiente, que debías esforzarte un poco más, dar un poco más, conformarte con un poco menos. Cuántas veces antepusiste las necesidades de los demás a las tuyas. Cuántas veces confundiste el amor con el sacrificio y la fortaleza con la obligación de poder con todo. Y quiero hablarte de tu sonrisa. Esa sonrisa que tantas veces fue tu refugio, tu escudo, tu manera de decirle al mundo que todo estaba bien, aunque por dentro estuvieras librando tus propias batallas. Hay una frase que parece escrita para ti: «Si mi sonrisa mostrara el fondo de mi alma, mucha gente al verme sonreír lloraría conmigo». Porque hubo días en los que nadie supo cuánto te dolía la vida. Días en los que saliste al mundo con una sonrisa mientras dentro de ti había miedo, tristeza, incertidumbre o cansancio. Y aun así seguiste adelante. «No digas que soy débil, tú no sabes cuántas veces he tenido que salir con una sonrisa que no era mía».