Por las arterias huyen los demonios
que en los eriales sueñan mis cosechas,
el vino guarda un sol difunto
—beben mis labios la luz quemada—.
En el reflejo venzo a un adversario
que me encadena, y toda su conquista
es piel que abrasa un cielo estéril
—huesos que aprenden el habla oscura—.
La madrugada sitia mis umbrales
y en el aliento merma el territorio,
la noche impone cien crepúsculos
—cede la casa que fui de joven—.
Que se derrumbe todo lo cercado
y la ceniza herede mis jardines,
lo bien amado no se entierra
—vive en mi pulso la voz perdida—.