Llegaste sin herir,
la noche abrió sus venas en mis manos,
el mundo ardió sin peso,
mi sangre vio su borde en tus pupilas.
Tu luz palpó mi sombra,
la seda levantó mi fiebre cruda
bajo tu piel, y un túnel
de cruces con raíces de amenaza
se perdió entre los soles de tus piernas.
Tu beso fue la bóveda del miedo
dormido en el temblor de mi fractura.
Ardí del todo tuyo
hasta tocar el fondo de tu vida.
Tu voz dejó su marca en mis recuerdos
y no encontré el camino,
sino un cielo profundo atado al suelo.