La vigilia quedó a mis pies, dormida,
me convocó una torre silenciosa,
sus escaleras trepaban el cielo
y ardía en cada peldaño un tambor.
Subí por una luz recién nacida
colgada de una cima temblorosa,
arriba el aire se cuajaba en hielo
y tras las puertas hervía un clamor.
Entré en la cámara de la otra vida
y una ballena asomó, vaporosa,
solemne y lenta sin rozar el suelo;
en su costado latía un fulgor.
Su canto redobló la bienvenida,
me deshice en su entraña luminosa;
la tierra fue la costra de un desvelo
y amanecí viviendo en su interior.