El dios oculto olía a barro vivo,
su densa mente atrajo a humanos fuertes,
el fuego alzaba espadas hechas de almas.
Después mi edad cobró un rubor de astucia,
y no sentí la clave fiel del canto
que yo buscaba a oscuras, cuerpo adentro.
Comí del pan de nadie muchos años
y supe bien la sed de cada oasis.
Llegó el amor, y el seso fue un enjambre
de musas locas, mar, delirio y llamas
(pagué despacio el precio junto al suelo).
Cayó la voz gemela abismo abajo
y un golpe seco ardió detrás del muro.
Nació de mí una fuente clara y noble,
dichosa fue por hondos valles frescos.
Las manos no llamadas fueron cumbres
y un ángel terco quiso versos míos.
Ningún dolor lloró en pasión por miedo
y ahora aplasto el mal con sangre nueva.