Después de cuatro cervezas
y tres copas, me dijo entre lágrimas:
«Mátame, por favor, no puedo olvidarle».
Y no se equivocaba
en que soy mejor asesino que follador.
Pero eso fue verter café
ardiente en mis pelotas,
porque todavía me quedan sentimientos.
La llevé a su casa como a las serpientes.
Fui un estúpido «caballero del coño»
(lo digo porque no la maté).
Ella buscaba a un verdugo trasnochado
pero acabó teniendo a un chófer.
La invité a todo, ya no quedaba para putas.
Tal vez acabar esposado aquella noche
hubiera sido mi mejor poema,
una digna carta de amor a mi yo del futuro.