Resisto el infierno
porque aguarda la grandeza
derrocada
—ligera en su piedad—,
y diferente,
como un veneno roto
que coagula
espejos que tiemblan, puros,
destinados
a florecer sin corazón,
arduos, y en esencia
afligidos,
semejantes a un desierto
sin estrellas
que vacila y engulle la quietud.
Revivo un vestigio latente
en honor de los elegidos,
empujados por la puerta
de los sueños.