Me rendí a tus pies, esa noche, que me trajiste la luna. La observé meciéndose suavemente, cada vez mas pálida, cada vez mas lánguida. Sin notarlo siquiera, ese sueño de amor eterno se evaporó, al saber que el amor a alguien no justifica prisión alguna. Ahora la tengo en mis manos, le doy la papilla, la mimo, pero la luna ya no está donde debiera, así como yo tampoco.