Me conformé con tan poco:
un diminuto país de amor
en el que vacacionabas por entonces
y que yo abracé
como si fuera mi única patria.
¿Era poco?
Aun no lo sé.
Un pequeño viaje en autobús
donde te recostabas, dispuesta, sobre mi hombro.
Un escondite al aire libre donde fumar un puro de marihuana
o donde buscar a dios en un psicodélico
o una cerveza en el barrio de infancia
con una comida de dudosa procedencia.
¿Era esto el paraíso
donde la atención gravitaba a mi alrededor?
Si acaso era la luna que se colaba por tu torre:
vos, poeta también
donde brillaba la alumbrada y distinguía mi casa a la distancia,
la indiferencia de tus gatos,
el amor con el que besabas a tu perro
blanco como una nube.
Yo decidí quererte desde muy chico,
tenía si acaso 10 años, dos veces cinco,
el sexo era ajeno a mí,
lo erótico era un país no visitado,
yo su extranjero más próximo.
Pero eso no me impidió ser seducido
por tus ojos
entonces verde limón
y escribir en un pupitre nuestros nombres
encerrados en un corazón cursi
para luego mentirte cuando me increpabas,
para luego huir de tu bravura.
Si, escribir ya era para mí
un medio para cumplir mis deseos,
mis sueños.
Una forma de volver realidad la fantasía.