No cruzarán tus cartas la frontera
que separó tu boca de la mía,
aunque la tinta esparza por mis dedos
polen y néctar
y las abejas zumben en mi torso.
Siento crecer espinas con tu olvido
mientras perdura en mí lo que sembraste,
fruto que esconde
la dentellada dulce de tu fuga.
Quiero morder la pulpa que me pudre
hasta sentir mi sexo en tus entrañas,
hambre que roba
a la distancia el margen de tu cuerpo
para encontrar tu rastro en mi saliva.
No volverás, Irene, pero pesas
dentro de mí.