En un principio fue el bonsái
el abono y la labranza
y una mano que aprendía
la medida de la sed.
La casa olía a hierro tibio,
a pan partido en dos,
a leche con sombra dentro,
a lluvia en el umbral.
Yo era un animal pequeño
con el corazón al raso:
me crecían las preguntas
como ortigas en la piel.
Y el bonsái, disciplinado,
guardaba el bosque en secreto
mientras la vida, salvaje,
se me desbordaba en las uñas.
PD: hecho en 5 minutos como ejercicio para el taller de poesía