¿Hasta qué punto la distinción entre realidad y ficción resulta insuficiente cuando lo simbólico transforma nuestra percepción de lo real y abre dimensiones de sentido que desbordan la experiencia inmediata?
¿Podría aquello que llamamos ficción constituir, en ciertos casos, una forma de revelar una realidad más profunda, en lugar de ser simplemente su negación?