Te das cuenta de que has vivido demasiado cuando asistes a una conferencia donde varias mujeres empresarias cuentan su experiencia y tú piensas “yo también estuve ahí”. Estuve en ese despacho pijo creando todo tipo de escenarios con un excel que ignoraba la predicción del tiempo; en esa sala de juntas vendiendo franquicias en las que nadie se atrevía a creer el primero; en ese Banco con butacas de piel de cordero pidiendo financiación cuando la tesorería hacía aguas; en esa sede municipal solicitando respuestas a preguntas que llenaban el bolsillo de alguien; en ese polígono plagado de testosterona intentando salvar una empresa familiar herida de muerte por una puñalada en la espalda… Y también estuve celebrando esa nueva apertura, cuando el corcho del champagne sonaba a pistoletazo de salida, con esos nuevos socios inversores corriendo hacia nuevas conquistas y catando el sabor de la ambición... El camino del éxito en los negocios a menudo se dibuja como un sendero directo a la cima. Cuando lo inicias piensas que con unas buenas botas de montaña y un bastón en el que apoyarte, paso a paso se conquista cualquier cumbre. Pero la realidad se pinta distinta. Tramos intransitados, más cuestas arribas de las que tus piernas aguantan, curvas imposibles rodeando acantilados… si miras abajo el vértigo te marea, si miras arriba los nubarrones amenazando tormenta… Aun así, no me arrepiento. Claro que hay cosas que con lo que sé ahora las haría diferentes. Y probablemente mejor. Pero todo lo que he vivido me ha traído a donde estoy hoy. El camino de emprender es duro. El de pasar de emprendedor a empresario también. Aunque no es para todo el mundo. Pero si quieres intentarlo mi consejo es que no lo emprendas en solitario. Ningún escalador conquista el Everest sin un sherpa. Hoy soy una sherpa capaz de guiar a otros emprendedores que se atreven a vivir su propia aventura. No puedo evitarte los obstáculos ni amainar las tormentas, pero puedo ahorrarte errores y tiempo porque he recorrido el camino.