Llevo algunos meses trabajando en una startup nueva y quería compartir un poco el proceso porque normalmente solo vemos dos estados de una compañía, cuando levanta inversión o cuando anuncia que cerró. Todo el espacio que existe entre esos dos puntos casi nunca se cuenta y, desde mi punto de vista, ahí es donde realmente se toman las decisiones importantes, sobre todo en la etapa de validación en la que muchos estamos. Todo comenzó con una pregunta bastante sencilla. Si cada vez más código va a ser generado por AI, ¿qué tendría que pasar para que ese código pudiera ser tan confiable y determinista como el software que escribimos hoy? Esa fue nuestra primera hipótesis. Nuestra primera apuesta fue construir alrededor de MCPs. La idea era que los propios agentes pudieran generar sus herramientas y trabajar sobre ellas. Sonaba razonable sobre el papel, así que dejamos de especular y empezamos a hablar con desarrolladores. Ahí apareció la primera realidad incómoda, el problema no era que la tecnología fuera mala, el problema era que cada equipo la entendía de forma distinta. Había demasiadas maneras de implementarla y demasiadas decisiones que tomar antes de obtener valor. La fricción era suficientemente alta como para matar la adopción antes de que alguien descubriera si realmente resolvía un problema. Eso nos llevó a cambiar de hipótesis. Si el problema era la fricción, entonces tal vez la respuesta estaba en algo más ligero, como los skills. Justo en ese momento los skills estaban recibiendo mucha atención porque reducían buena parte de la complejidad de un MCP y, mientras hacíamos esa transición, empezaron a aparecer runtimes mucho más autónomos, como todo el boom de OpenClaw, capaces de combinar herramientas, skills y distintos mecanismos de ejecución. Durante varias semanas esa dirección nos pareció muy prometedora y volvimos a construir una nueva hipótesis. Para proyectos personales todo funcionaba muy bien, era relativamente sencillo poner un agente a trabajar y dejarlo resolver tareas completas, incluso había suficiente confianza como para compartirle acceso al correo o a una cuenta de PayPal. Sin embargo, conforme empezábamos a hablar con empresas, la conversación cambiaba por completo. Nadie preguntaba qué tan inteligente era el agente, las preguntas eran mucho más incómodas. ¿Cómo evitamos que haga algo que no debería? ¿Cómo sabemos que siguió las reglas del equipo? ¿Quién responde cuando el agente toma una mala decisión? En ese momento nos dimos cuenta de que estábamos resolviendo un problema interesante para desarrolladores curiosos, pero no necesariamente para organizaciones que tienen que vivir con las consecuencias de llevar código a producción.