La tarde de un viernes cualquiera
debería ser mundo aparte.
Canica, que al fin rendida,
cae de su exhausto columpio;
tecla en tic tacs deshecha
cesando frenético alarde.
El viento de un viernes cualquiera
debería hacer por ser brisa,
callar su estridencia el claxon
sin autopistas ni parking.
Menos debería un adiós
desguazar su última autopsia
o alborozarse el saludo.
La tarde de un viernes cualquiera
definitivamente
se escapa de ser excesiva.