Tomó con las manos su vida multiforme, deshilachada por los extremos, y la noche por sus rotos. Ambas fueron cosidas, por el calvario de caminos insurrectos; desteñidas vertientes en tabernas donde habita la embriaguez, la desafortunada fortuna y el inestable rastro inarmónico de palabras cautivas, con velada seguridad.
La inercia de su cuerpo deambulaba por entre el cierzo de las esquinas, hasta que tropezó con el decaimiento de la aventura ciega. Su figura fue recogida y abrazada por los escombros, golpeando su sien contra las piedras; la pesadilla de los días líquidos le arropó con un hedor sudoroso.