Hay, dentro de mí, un nadador solitario
que flota en aguas calmas, subterráneas.
Ha dejado atrás la negra playa helada.
Intenta labrar el mar a golpes secos,
dividiendo las olas, sordas y exactas,
y trazando con su estela el paralelo.
Su sombra es una red alargada y profunda,
que arrastra el secreto de un coral rojo
atrapado entre anémonas voraces.
En la tormenta,
adopta una postura invertebrada,
inquilino de fosas como un pez abisal.