me sorprendo asomada a los charcos,
buscando a mi yo de hoy
entre salpicaduras desiguales.
Mi reflejo es un directo a la mandíbula,
un guijarro que se hunde callado en el limo,
bajo impactos que acribillan las chaquetas.
En un cristal que guarda los colores
como un ave maternal,
me veo llegar, pasar e irme,
desconocida de mirarme por dentro,
peinada de ráfagas.
Hay verde roto por el suelo,
partido a golpes de tos de un cielo ronco,
y paraguas que sortear,
y goterones fríos,
y un silencio que me lleva de la mano.