No sé muy bien cómo va a caer esto y tampoco quiero que despierte comparación, envidia o juicio. Pero hay algo dentro de mí que me dice que debo compartirlo. Sí, he resucitado. Y no lo digo desde algo espiritual que suena bien. Lo digo porque lo he vivido. Hace una semana y un día estuve con Jesús. Sí, con Jesús, el que todos conocemos. Y sé que esto puede sonar raro, incluso increíble, pero lo que sentí fue más real que cualquier otra cosa que haya vivido antes. No fue algo mental. Fue una presencia, una paz, una certeza muy difícil de explicar con palabras. Llevaba mucho tiempo pidiéndolo.Pero no ocurrió hasta que dejé de buscarlo desde la mente y abrí el corazón de verdad. Y ahí, pasó. No te lo comparto para que creas en lo que yo he vivido.Te lo comparto porque lo que sentí no es exclusivo. Te lo comparto porque esa luz que vi y sentí, no esta fuera. Esa paz que tanto buscas ya está en ti. Pero nuestra forma de vivir la tapa. Nuestra forma de pensar la apaga. La prisa, el ruido, el ir en automático, todo eso nos desconecta. Y no, no basta con parar 5 minutos. He tenido que parar de verdad. He hecho mucho silencio. Mucho. Me he cuestionado mi forma de pensar. He dudado de mí y mucho. Y en ese proceso, me he ido dejando caer. Y he entregado toda duda y todo miedo pero de verdad, no solo de palabra. Y eso también ha sido gracias al Retiro de la Conexión de la semana pasada. Los que habéis estado lo sabéis. Sabéis lo que pasa cuando bajamos las barreras de verdad. Pero mas allá del retiro, llevaba semanas, incluso meses soltando. He parado. He escuchado. Por eso hoy puedo decirlo así: He resucitado. Tengo la certeza de que el amor es real, de que el amor existe. Tengo la certeza de qué es lo que somos. Y todo lo demás es una simple ilusión, pero ya no es porque lo he leído, ahora lo sé. Tengo la certeza absoluta. En este proceso, para mi, lo más importante ha sido una sola cosa, confiar. Confiar de corazón. Solo puedo decirte una cosa, confía. De verdad. No hay otro camino.