Porque comer bien hoy en día a veces se parece más a una prueba de humor negro
que a una decisión tranquila.
Sales de casa.
Prisa.Mensajes.
Curro.
Cansancio.
Y alrededor comida por todas partes mirándote como las sirenas de Ulises,
pero en versión croissant relleno
y máquina de vending con luces de casino.
Y luego aparece el iluminado de turno con el“bueno, es elegir mejor”.
Sí, hombre.
Igual que cruzar un incendio en albornoz y que te digan que el problema es no correr fino.
Porque no, no todo va de control.
A veces va de que el entorno está montado como una feria pensada para que piques, improvises y llegues a casa con el criterio de una paloma contra un cristal.
Hay comida fácil en cada esquina.
Lo rápido gana.
El engaña te lo ponen en la mano.
Y lo que te conviene a veces aparece menos que un taxi cuando llueve.
Luego la culpa se la lleva la persona.
Siempre.
Qué casualidad.
Como si la gente viviera en una burbuja de paz,
con tupper recién hecho, ocho horas de sueño, cero estrés
y una nevera que se rellena sola por obra del espíritu santo.
Pero la vida real va por otro lado.
Vas cansado.
Vas tarde.
Vas pensando en veinte cosas.
Y el entorno te pone trampas con más entusiasmo que un trilero en agosto.
Así que no, no siempre falta disciplina.
A veces sobran zancadillas.
Y bastante.
Gran día,
Pablo