La báscula no sabe nada.
La báscula es un número frío que aparece una vez al día y te juzga sin contexto.
Pero la nevera…
La nevera te ha visto en pijama.
Descalzo.
Con cara de “solo voy a mirar”.
Mirar.
Como si en los últimos 17 minutos hubiera aparecido un trozo de algo nuevo por generación espontánea.
La nevera sabe que no tienes hambre.
Tienes aburrimiento.
Tienes estrés.
Tienes ese día que te ha dejado doblado.
La báscula no vio cómo abrías la puerta y te quedabas pensando mientras la.luz blanca te daba en la cara como si fuera terapia gratis.
La nevera sí.
La nevera sabe que el martes fuiste perfecto.
Pollo.
Verdura.
Agua.
Disciplina de opositor.
Y el jueves estabas comiendo directamente del envase.
Sin plato.
Sin dignidad.
Sin testigos… o eso creías.
La nevera lo sabe.
La báscula no escuchó esa frase que repites más que el “buenos días”:
— Va, es la última.
La última nunca es la última.
La báscula aparece al final del todo.Cuando ya está todo hecho.
Pero la historia no empieza ahí.
Empieza cuando dices:
“Me lo he ganado.”
“Hoy ha sido duro.”
“Mañana compenso.”
No es tu metabolismo conspirando.
No es genética medieval.
Es repetición.
Pequeña.
Diaria.
Silenciosa.
La báscula solo da el resultado.
La nevera conoce el proceso.
Y si el proceso no cambia, el número tampoco.
Así de simple.
Gran Martes,
Pablo