Herman@s de la tribu, Lo que en papeles parecía una protesta pacífica terminó siendo una guerra abierta en nuestras calles. En los medios pintan una historia distinta: oficiales llorando en cámara, discursos que nos venden como “terroristas”. Son maestros de la labia. Pero la realidad es otra, y yo la vi con mis propios ojos. Ayer, en mi ciudad, los militares lanzaron bombas lacrimógenas dentro de los barrios civiles. Mis abuelos se ahogaban dentro de su propia casa. Salimos corriendo y lo único que vimos fue gas, caos y miedo. Vi a madres, abuelas y jóvenes peleando con piedras y palos contra uniformados armados hasta los dientes. Vi cómo sacaban bandera blanca para engañar, y cuando todos bajaron la guardia, volvieron a disparar sin descanso. En la noche, incluso desde helicópteros, rociaron gas pimienta sobre toda la ciudad, envenenando el aire que respiramos antes de que llegara la lluvia. Vi con mis propios ojos cómo se castiga a todo un pueblo sin importar si lucha o no. Yo estaba dando agua y ayudando heridos cuando me impactó una bomba en la pierna. Tres más me rodearon. Me quedé sin aliento, ahogándome y sin poder ver por el humo. Mi novia cayó inconsciente en mis brazos, sin aire, y la cargué hasta los paramédicos. Incluso a ellos les dispararon. Una chica fue secuestrada y hasta ahora está desaparecida. Sé que entre los protestantes también hay quienes actúan mal, destruyendo y vandalizando. Pero son tres pendejos que manchan con sus actos lo que en verdad es un pueblo entero que se defiende. No se puede juzgar a todos por las manchas de unos pocos. Y aunque hoy esas injusticias no golpean directamente mi mesa, no puedo cerrar los ojos: no hay salud, no hay educación, no hay seguridad. Un presidente que se esconde en su comodidad mientras el pueblo se asfixia, no merece llamarse líder. Esto no es un juego, ni un post de redes. Es la vida real. Y quiero dejarlo escrito: no crean el cuento fácil. No todo lo que brilla en un titular es verdad. Razonen, despierten, cuestionen.