Mi hobby de los fines de semana es prototipar ideas. Normalmente desarrollo un storytelling, diseño una identidad de marca, construyo un MVP, lo subo a Vercel y lo dejo "reposando" unas semanas mientras decido si vale la pena continuarlo o si debe quedar como un experimento más. La mayoría no llega muy lejos, y está bien: el objetivo principal es aprender, probar herramientas nuevas o simplemente sacarme las ganas de construir algo que se me ocurrió en la ducha. El fin de semana pasado empecé con una idea que me gustaría validar. Nace de un problema muy real de mi forma de trabajar. Desarrollo solo, así que muchas decisiones las termino discutiendo con ChatGPT o alguno de sus primos. Pero después de tantas horas de vuelo ya conozco bastante bien cómo responden, cuándo me están complaciendo y cómo puedo llevar la conversación hacia la respuesta que quiero inconscientemente escuchar. En lugar de conversar con un único asistente, la idea es tener una junta de advisors especializados que cuestionen las decisiones desde perspectivas diferentes. No buscan darte la razón: piden evidencia, desafían supuestos y defienden posturas distintas según su experiencia. Pero la conversación no es lo realmente importante. Lo importante es cómo se toman las decisiones y qué pasa después. Ninguna decisión importante debería tomarse sin información. Por eso los advisors no solo opinan: te piden entrevistar potenciales clientes, validar una hipótesis con un experimento, probar un cambio de pricing, ejecutar un A/B test o reunir datos antes de llegar a una conclusión. Una vez que la decisión está fundamentada, todo ese contexto queda asociado al proyecto. La evidencia, los experimentos realizados, las discusiones y las decisiones van construyendo una memoria compartida y un grafo de decisiones que explica no solo qué decidiste, sino también por qué lo hiciste. La inspiración viene de Lean Startup: construir, medir, aprender y documentar ese aprendizaje para que no se pierda en un chat.