En un proceso de duelo el objetivo no es olvidar a la otra persona, es sanar, soltar, aceptar y aprender a vivir con su recuerdo, hasta que llegar a un punto en el cual el recuerdo de la persona no te duela, sino que puedas recordarla con amor y aceptación. Porque a veces cometemos el error de creer que para sanar debemos olvidar al otro, pero la mente siempre va a recordar eso que fue importante para nosotros. Haber compartido momentos con alguien durante meses o años hace que sea completamente normal que, de vez en cuando, aparezcan recuerdos, pensamientos o incluso emociones relacionadas con esa persona. Eso no significa que estés retrocediendo ni que hayas vuelto al punto de partida.
El problema no es pensar en esa persona.El problema es todo lo que haces después de ese pensamiento.
Sanar no significa dejar de recordar. Significa que esos recuerdos ya no tienen el poder de controlar tus decisiones, tu estado de ánimo o el rumbo de tu día.
Llegará un momento en el que puedas pensar en esa persona y simplemente seguir con lo que estabas haciendo. Sin sentir la necesidad de escribirle. Sin revisar sus redes sociales. Sin buscar respuestas. Sin volver a abrir una herida que ya estaba empezando a cerrar.
Y cuando eso ocurra, probablemente ni siquiera te des cuenta.Porque el verdadero progreso casi nunca se siente como un gran cambio de un día para otro. Se construye en pequeños momentos en los que, sin darte cuenta, empiezas a elegirte a ti por encima de aquello que antes te consumía.