Del 1 al 14 de septiembre pasaron más cosas en el mundo de la IA que en meses anteriores enteros: Un investigador que trabajó en OpenAI y Anthropic, Jacob Coxon, renunció públicamente diciendo que "ninguna de las dos empresas está actuando de forma responsable" y que están "jugando con nuestras vidas". Su publicación tuvo más de 90 millones de vistas en 24 horas. Lo llamativo: un líder de Anthropic, Evan Hubinger, le respondió que tenía razón, y puso un número encima: cree que hay más de 10% de probabilidad de que la IA mate a todos los humanos en la próxima década. Días después, Dario Amodei (CEO de Anthropic) publicó un ensayo pidiendo frenar el ritmo al que se mejoran las capacidades de los modelos. Sam Altman (OpenAI) y Elon Musk (xAI) lo respaldaron públicamente. La ONU también se metió: Volker Türk, Alto Comisionado de Derechos Humanos, nombró directamente a Meta, OpenAI, Google y Anthropic como las empresas con "poder casi ilimitado" sobre el rumbo de la IA, y pidió acción urgente antes de que sea "un cambio irreversible". Trump respondió como se esperaba: "Whoever wins AI, wins" — rechazando cualquier freno. Mientras tanto, la carrera técnica no se detuvo: Claude Fable 5.1, GPT-6 Astra y DeepSeek V4.1 Flash salieron todos en la misma semana, cada uno más capaz de trabajar solo (programar, investigar, usar el computador) que el anterior. Nada de esto es pánico. Es una señal de que el tema es serio y merece que lo entendamos bien: no solo cómo usar estas herramientas, sino también el contexto de industria, política y riesgo en el que están naciendo. En Skool nuestro trabajo es justo ese: estar informados, probar lo nuevo con criterio, y formar personas que sepan pensar junto a la IA — sin miedo, pero sin ingenuidad tampoco.