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Enseñanza del Día 🌿💓
Hoy quiero compartirles una historia que siempre me ha impactado profundamente. La historia del 11 de septiembre del 2001, un día en el que el mundo entero se paralizó. Dos aviones impactaron las Torres Gemelas en Nueva York, provocando una de las tragedias más dolorosas de la historia reciente. Miles de vidas se apagaron en cuestión de horas y el mundo fue testigo de una realidad que jamás imaginó. Pero hay algo de esa historia que a mí me mueve mucho recordar. También hubo personas que no llegaron ese día. Algunas, sin saberlo, fueron protegidas por situaciones aparentemente insignificantes. A una mujer se le derramó el café y tuvo que regresar a cambiarse. A un hombre no le sonó la alarma y se despertó tarde. Otro perdió el tren. Alguien más quedó atrapado en el tráfico inesperado. Una madre tuvo que quedarse unos minutos más con su hijo. Otro trabajador llegó tarde al edificio. Pequeños retrasos. Pequeños inconvenientes. Pequeños “problemas” que ese día se convirtieron en la diferencia entre la vida y la muerte. Lo que parecía un mal momento… en realidad era protección. ¿Cuántas veces te has quejado en la vida cuando algo se retrasa, cuando algo no sale como quieres, cuando surge un imprevisto… sin saber que tal vez la vida te está cuidando? La vida tiene formas misteriosas de acomodar los caminos. A veces aquello que nos desespera, nos incomoda o nos retrasa puede estar salvándonos de algo que todavía no podemos ver. No todo lo que ocurre es castigo. No todo lo que duele es pérdida. No todo retraso es un fracaso. A veces… simplemente es la vida protegiéndote. Aprende a confiar. Aprende a respirar. Aprende a entender que incluso esas situaciones pueden tener un propósito. Noreyda Coronado
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ENSEÑANZA DEL DÍA🌿
EL MIEDO A LA MUERTE En la Universidad del Ser comprendemos que el miedo a la muerte es, en primer lugar, miedo a la disolución del yo. El ego, que ha construido identidad, historia, relaciones y logros, se enfrenta a la posibilidad de dejar de ser. Y el ego, por naturaleza, busca continuidad. Por eso la muerte le resulta intolerable: no puede imaginarse inexistente. Sin embargo, es importante distinguir. Existe un miedo biológico —instintivo y necesario para la supervivencia— y existe un miedo psicológico, más profundo y complejo. Este último no siempre es temor al fin físico, sino miedo a lo desconocido, a la pérdida de control, a la sensación de que el sentido se desvanece. Muchas veces, el temor a la muerte es, en realidad, el temor a no haber vivido plenamente. Cuando la vida ha sido postergada, cuando decisiones esenciales se han evitado y la propia verdad ha sido silenciada, la muerte aparece como una voz interior que recuerda: “ya no habrá tiempo”. Con el paso de los años, la energía psíquica comienza a dirigirse hacia el interior. Algo en nosotros reclama mayor conciencia, mayor autenticidad. Cuando el ego se resiste a este llamado, surge la angustia. Desde esta comprensión, la muerte no es solo un evento biológico. También representa transformación. En el lenguaje del inconsciente, algo debe morir para que algo nuevo pueda nacer. Por eso, en este camino de conciencia, no buscamos eliminar el miedo, sino aprender a relacionarnos con él con mayor lucidez. Si el miedo a la muerte aparece en tu vida, puede ser una invitación a preguntarte: • ¿Qué parte de mí aún no he integrado? • ¿Qué verdad interior sigo postergando? • ¿Estoy viviendo desde lo que realmente soy o desde lo que se espera de mí? El miedo comienza a disminuir cuando la vida adquiere coherencia. Cuando el ser humano avanza en su proceso de despertar, cuando reconoce sus sombras, cuando intenta vivir con mayor fidelidad a sí mismo, la muerte deja de percibirse únicamente como amenaza. Puede empezar a sentirse como culminación de un proceso y no como una interrupción absurda.
Enseñanza del Día 🌿
CUANDO EL RECHAZO Y EL ABANDONO HABLAN DENTRO DE TI Hoy quiero hablarte de algo muy profundo que veo constantemente en las personas que llegan a la Universidad del Ser. Existen heridas emocionales que se activan en silencio, pero que influyen poderosamente en nuestra manera de vivir y de relacionarnos. Dos de las más intensas son la herida de rechazo y la herida de abandono. Cuando la herida de rechazo se forma, generalmente en etapas tempranas de la vida, el niño puede sentir que su forma de ser no es aceptada. Entonces nace una sensación muy dolorosa: “Hay algo en mí que no debería existir”. Con el tiempo, esa persona puede volverse muy exigente consigo misma, esconder quién es realmente o vivir tratando de encajar para sentirse aceptada. La herida de abandono, en cambio, está más conectada con el miedo a quedarse solo, con el temor de que las personas importantes se alejen emocional o físicamente. Esto puede generar una necesidad intensa de cercanía y una gran sensibilidad ante cualquier señal de distancia. Cuando ambas heridas se activan juntas, aparece un conflicto interior muy fuerte: una parte de ti teme no ser suficiente… y otra parte teme quedarse sola. En la Universidad del Ser entendemos que sanar no significa negar lo que sentimos, sino reconocer que esas emociones tienen un origen y que no definen nuestro valor. El proceso comienza cuando desarrollas una relación más compasiva contigo mismo. Muchas personas han aprendido a juzgarse con dureza o a depender de la validación externa. Por eso, aprender a tratarte con comprensión, paciencia y respeto es un paso esencial. También es importante construir vínculos más conscientes y seguros. Esto implica expresar tus necesidades emocionales, reconocer los patrones que se repiten en tus relaciones y permitirte estar en espacios donde exista reciprocidad y respeto. Sanar no significa borrar el pasado. Significa que el pasado deje de dirigir tu vida. Cuando empiezas a sentirte más seguro dentro de ti, la necesidad constante de aprobación disminuye y el miedo a perder al otro deja de gobernar tus decisiones.
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Enseñanza del Día ♥️
El arrepentimiento como señal de conciencia En la Universidad del Ser comprendemos que el aprendizaje más profundo no ocurre cuando todo sale bien, sino cuando la vida nos confronta con lo que hicimos sin conciencia. El arrepentimiento es una de las emociones más silenciosas y, al mismo tiempo, más reveladoras. No es solo tristeza por el pasado; es el encuentro entre la versión que fuimos y la que está empezando a despertar. Solo puede arrepentirse quien ha crecido. Quien permanece igual no siente arrepentimiento, siente justificación. Por eso, cuando aparece esta emoción, suele ser señal de una conciencia en expansión. Sin embargo, debemos distinguir. Existe un arrepentimiento que sana. Es aquel que reconoce el error sin destruir la identidad. Comprende que siempre actuamos desde el nivel de comprensión que teníamos en ese momento. Si hubieras visto con más claridad, habrías elegido distinto. Este arrepentimiento no castiga: enseña. Conduce a responsabilidad, integración y aprendizaje. Pero también existe el arrepentimiento que paraliza. Ese en el que la persona no cuestiona el acto, sino su propio valor. Se queda atrapada en escenarios imaginarios, en el “qué habría pasado si…”. Allí no hay transformación, solo estancamiento. Surge cuando no hemos aceptado nuestra humanidad y nos exigimos una perfección que no corresponde al proceso de despertar. En este camino entendemos algo esencial: el pasado no puede cambiarse, pero sí puede comprenderse. Cada error señala una parte inconsciente que en ese momento no estaba integrada. Por eso la verdadera pregunta no es “¿por qué lo hice?”, sino “¿qué parte de mí actuaba sin conciencia?”. Cuando el arrepentimiento se ilumina con comprensión, deja de ser una carga y se convierte en dirección. Entonces deja de ser peso… y comienza a ser brújula. Universidad del Ser Noreyda Coronado ✨
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ENSEÑANZA DEL DÍA 🪷
A veces hablamos del “niño interior” como si fuera solo recordar la infancia… pero en realidad es una parte viva dentro de ti. En la Universidad del Ser quiero que comprendas algo importante: ese niño representa tu potencial, tu sensibilidad y también tus heridas. El problema no es que exista… el problema es cuando él conduce tu vida sin que te des cuenta. Hay momentos en los que reaccionas desde el miedo, el abandono o la necesidad de aprobación. Otras veces haces lo contrario: te vuelves rígido, te desconectas de sentir para no sufrir. Ninguno de los dos extremos trae paz. El equilibrio comienza cuando aparece tu adulto consciente. Ese adulto que observa, que contiene, que entiende lo que sucede dentro de ti. Trabajar con tu niño interior no es dramatizar ni justificar conductas. Es aprender a escucharte. Cuando sientas una reacción intensa, detente un instante. Respira… y pregúntate con honestidad: ¿Quién está reaccionando ahora… mi niño o mi adulto? Luego recuérdate algo muy poderoso: “Yo adulto estoy aquí.” Esa simple toma de conciencia empieza a ordenar tu mundo interno. Porque sanar no significa quedarte en la herida, significa transformar esa energía en creatividad, autenticidad y vida. Tu niño es origen. Tu adulto es dirección. Cuando ambos se reconocen, aparece la verdadera libertad. Aquí estás en un lugar seguro para mirarte, comprenderte y crecer. Universidad del Ser Noreida Coronado
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La Universidad del SER
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