23d (edited) • Experiencias
Mi historia con el colesterol (y con entender mi cuerpo)
Mi relación con el colesterol empezó de una forma bastante común.
Me hice una analítica de sangre y apareció el famoso aviso: colesterol alto. En concreto, el LDL. Yo tenía un valor de 160 cuando, según los rangos “oficiales”, el límite estaba en 150.
La médica que me atendió no me habló de medicación, por suerte. Me recomendó algunas cosas “naturales” para bajarlo. Hasta ahí, bien.
Lo que no olvidaré es lo siguiente: cogió el papel de la analítica, tachó delante mía el 150 y escribió un 100. Y no me explicó nada más.
Ni qué era realmente el LDL.
Ni por qué ese objetivo.
Ni cómo se suponía que debía llegar de 160 a 100.
Nada.
La sensación que me llevé fue rara. Una mezcla de desconfianza, frustración y miedo silencioso. Porque cuando no entiendes lo que te pasa, pero te dicen que tienes “un problema”, la cabeza se va sola al futuro: a hacerlo crónico, a empeorar con la edad, a algo que falla en ti.
Y encima, sin acompañamiento.
Aun así, aquello sí tuvo un efecto positivo: me hizo tomar conciencia de que algo tenía que cambiar.
No recuerdo si fue por la propia médica o porque empecé a preguntar, leer y apoyarme en la inteligencia artificial, pero hubo una idea que se me quedó grabada: el ejercicio. Yo siempre he sido bastante flojo para moverme, así que aquello era una asignatura pendiente desde hacía años.
No empecé directamente con musculación. Durante los primeros diez meses hice algo mucho más simple: cinta.
Iba al gimnasio tres o cuatro veces por semana. Caminaba unos 15 minutos, luego corría otros 15 o 20, y acababa caminando de nuevo unos 10 o 15 minutos. Hacía un poco de abdominales en una máquina… y me iba.
Eso fue todo.
Y fue suficiente para empezar.
Esos ratos en la cinta se convirtieron también en tiempo para escuchar podcasts, aprender, hacerme preguntas, hablar con la IA sobre salud. Ahí descubrí conceptos que no conocía, como el VO₂ máx, una métrica que mide la capacidad cardiovascular y que tiene mucha relación con la salud a largo plazo.
Aprendí cómo se mide, qué implicaciones tiene, y decidí usarlo como referencia. Empecé a correr más rápido, a hacer cambios de ritmo, series, a probar distintas intensidades. No por obsesión, sino porque tener una meta concreta me motivaba.
Cuando pasaron esos diez meses, di otro paso: empecé con la musculación. Reduje el tiempo de cardio y empecé a construir masa muscular. Eso tuvo un impacto muy positivo en mi salud general.
Primero construí músculo.
Después perdí peso.
Durante tres meses dejé de cenar. Algunos días hacía una sola comida. Bajé bastante. Luego recuperé algo de peso y llegué a un punto de estabilidad. Me notaba “fino”, estable, con buenas sensaciones.
Por mi altura sabía que aún podía ganar más volumen, pero entendí algo clave: el cuerpo solo crece cuando siente que hay seguridad, cuando percibe que hay alimento suficiente.
Y ahí entró el kéfir.
El kéfir no solo como probiótico, sino como fuente de proteína (caseína y whey) y como fuente energética interesante por el lactato, que el músculo puede metabolizar muy rápido. El cuerpo empezó a recibir otra señal.
Y creció.
Pasé de unos 76 kg a unos 82 kg. Y esos kilos no son grasa. Son estructura, agua intramuscular, tejido. Lo sé porque con ese peso sigo haciendo mis 6–7 km diarios, entreno fuerza tres días a la semana y no tengo un consumo calórico exagerado.
Ese ha sido, a grandes rasgos, mi viaje.
Y si algo he aprendido, es que no basta con saber. Hay que probar. Experimentar en uno mismo. Hacer más ejercicio, hacer menos. Más cardio, más fuerza. Comer más, comer menos. Ayunar o no ayunar. Según el momento vital, según el estrés psicológico que estés atravesando.
A veces no toca ser espartano.
A veces toca ser condescendiente contigo mismo.
Y otras veces, sí, apretar un poco y buscar nuevas metas físicas.
Para mí, lo más importante ha sido optimizar el cuerpo para poder hacer más cosas con la misma cantidad de comida. Sacarle más rendimiento al sistema.
Esto conecta con una historia que me impactó mucho: un culturista que come solo dos veces a la semana y ha ganado premios. Un ejemplo extremo, sí, pero que muestra hasta dónde puede llegar la optimización del cuerpo humano.
Eso es lo que me mueve ahora: optimizar. Tener mejores sensaciones. Más energía. Más capacidad.
Y ahí entra también el conocimiento. Por ejemplo, la vitamina D. Sabía que la tenía baja… y sigue baja. He tenido que aumentar la suplementación porque influye directamente en la energía, en el uso de grasas y glucosa, en el sistema inmune y en muchos otros procesos.
No es solo hacer cosas.
Es entender lo que haces.
Porque ese conocimiento es el que te permite tomar mejores decisiones, adaptarte, no ser dogmático y mantener flexibilidad en cómo cuidas tu salud día a día.
Ese, al menos, está siendo mi camino.
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Dario Leon
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Mi historia con el colesterol (y con entender mi cuerpo)
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Humanos Imbatibles
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