Valentín creció entre barrios argentinos, calles de tierra y canchitas de fútbol donde pasaba las tardes jugando con sus amigos. Aunque pateaba la pelota peor que cojo.
Su don comenzó a manifestarse alrededor de los ocho años. Para chicos de primaria fáciles de impresionar, ver a alguien mover pequeños montones de arena sin siquiera tocarlos era lo más increíble del mundo
El problema era que Valentín tenía poco, o casi nulo, control sobre su habilidad. Y siendo apenas un nene sensible y emocional, era fácil que las cosas terminaran en desastre.
Cuando lloraba, se levantaban pequeñas ventiscas de arena.
Cuando se frustraba, los muebles terminaban cubiertos por una fina capa de polvo arenoso.
Y ni hablar de cuando se emocionaba demasiado… más de una vez dejó el comedor parcialmente enterrado bajo arena, junto a una mamá con poca paciencia
Lo que podía parecer un don curioso o divertido, para Valentín muchas veces se volvía un problema difícil de controlar, especialmente cuando la arena comenzaba a manifestar sus emociones infantiles
Por esta razón, ansiaba las vacaciones en el campo de sus abuelos, un lugar donde era libre de revolear arena para todos lados sin molestar a nadie. Así fue como aquellas vacaciones comenzaron a convertirse, poco a poco, en práctica. Y un problema de control que llevaba años terminó disminuyendo con el tiempo, permitiéndole llegar a la adolescencia con un dominio bastante decente de su don… aunque de vez en cuando todavía se mandaba alguna.
Dato extra: su comida favorita son las milanesas napolitanas