Creo que soy el productor de cine adulto más sensible que conozco.
Soy romántico, vulnerable, enamoradizo, consentido. Me afectan las palabras, los silencios, las despedidas y las personas que llegan a mi vida prometiendo quedarse. A veces me pregunto cómo alguien como yo terminó trabajando durante más de veinte años en una industria que muchos imaginan fría, superficial o puramente física.
Y, sinceramente, muchas veces he sentido que no pertenezco a este negocio.
Pero después miro hacia atrás y comprendo que quizá nunca llegué aquí solamente para producir escenas.
Llegué para contar historias.
He sido productor, director, actor, escritor, empresario, reclutador, estratega y mentor. He trabajado frente a las cámaras, detrás de ellas y, muchas veces, sosteniendo desde las sombras proyectos que otras personas terminaron convirtiendo en grandes marcas.
He entrenado creadoras que no sabían por dónde comenzar. He ayudado a estudios a organizarse, a agencias a encontrar un modelo de negocio y a plataformas internacionales a entender mejor el mercado latinoamericano. He hablado de contenido, tráfico, contratos, posicionamiento, monetización, protección de imagen, ventas, equipos y estrategias. Pero, sobre todo, he trabajado con seres humanos.
Con mujeres que llegaron inseguras y terminaron descubriendo su poder.
Con hombres que creían que debían aparentar fortaleza todo el tiempo.
Con creadores que tenían talento, pero no estructura.
Con empresarios que tenían dinero, pero habían perdido el propósito.
Durante muchos años fui el que resolvía. El que producía. El que dirigía. El que daba instrucciones. El que parecía tener siempre una respuesta. Me acostumbré a sostener equipos, relaciones, empresas y sueños, incluso cuando por dentro yo también necesitaba que alguien me sostuviera.
Porque detrás del personaje existe un hombre profundamente sensible.
Un hombre que se enamora de las posibilidades, de las personas, de los proyectos y de las versiones futuras que imagina construir junto a ellas.
Eso me ha permitido crear cosas hermosas, pero también me ha hecho sufrir.
He confiado demasiado. He perdido proyectos, relaciones, dinero y partes de mí tratando de mantener en pie estructuras que ya se estaban cayendo. He tenido que enfrentar señalamientos, rupturas, decepciones y momentos en los que parecía que veinte años de trabajo podían desaparecer frente a mis ojos.
Y después llegó la vida a detenerme de verdad.
Una infección en el corazón, una cirugía, una válvula mecánica, un marcapasos y el silencio de una unidad de cuidados intensivos cambiaron completamente mi manera de entender la existencia.
Allí ya no importaban las visualizaciones, el dinero, los contratos ni el reconocimiento.
Solo importaba respirar.
Escuchar mi corazón.
Agradecer un día más.
Entendí que llevaba muchos años produciendo experiencias para otros, pero que todavía tenía que aprender a vivir profundamente la mía.
También comprendí que mi sensibilidad no era una debilidad. Era precisamente lo que me había permitido permanecer durante dos décadas en esta industria sin convertirme completamente en una máquina.Mi sensibilidad me permitió mirar más allá de un cuerpo.
Entender los miedos de una creadora antes de su primera grabación.
Reconocer cuándo alguien necesitaba dirección y cuándo solamente necesitaba sentirse escuchado.
Comprender que detrás de cada perfil, cada fantasía y cada venta existe una persona con historia, límites, sueños y contradicciones.
Hoy sigo perteneciendo a esta industria, pero ya no de la misma manera.
No quiero limitarme a enseñar cómo abrir una cuenta, producir contenido o generar ingresos. Quiero ayudar a construir carreras, negocios y seres humanos más conscientes.
Quiero unir experiencia, tecnología, inteligencia artificial, estrategia, sexualidad, espiritualidad y propósito.
Quiero demostrar que se puede trabajar en la industria adulta sin dejar de tener corazón.
Que se puede hablar de deseo sin perder la sensibilidad.
Que se puede monetizar una imagen sin olvidar a la persona que vive dentro de ella.
Que se puede ser fuerte y vulnerable al mismo tiempo.
Después de veinte años, todavía estoy aprendiendo.
Estoy aprendiendo a recibir, a soltar, a poner límites, a confiar nuevamente y a no sentir vergüenza por ser un hombre sensible dentro de un negocio que muchas veces premia la dureza.
Quizá sí pertenezco a este mundo.
Solo que nunca vine a pertenecer de la manera tradicional.
Vine a transformarlo.
Y mientras lo transformo, también me sigo transformando a mí mismo.