Voy a contarles algo de mi proyecto sentido y el de uno de mis hermanos.
Claudio, el tercero de tres hermanos varones, vino al mundo en un ambiente donde todos esperaban una nena con mucha expectativa. Por esos tiempos todavía no se hacían ecografías, así que la única manera de saber el sexo del bebé era esperar a su nacimiento. En mi familia siempre se habló de esto abiertamente, inocentemente y hasta con humor y picardía. Él siempre supo que cuando nació la primera impresión de la gente al enterarse de que era “otro varoncito” fue de desilusión. Claudio lo sabía desde su concepción, y antes también. La información de los deseos, objetivos, expectativas, proyectos de vida ya estaban en su ADN.
Mi tía, hermana de mi mamá sería la madrina de la niña por llegar. Pero ese 15 de abril, cuando se enteró que la niña era, en realidad, otro niño. Se paró en la puerta de la sala donde estaba internada su hermana y le dijo con tono de indignación: “Nena, ¿Qué me hiciste?” (Mi tía nunca tuvo filtro para decir lo que piensa y siente, es la persona más sana y vital que conozco teniendo en cuenta su edad.) Dio media vuelta y no volvió hasta al otro día, en que tomó al bebé en brazos y abrazó a mi mamá también. Fue su madrina, pero también, 9 años después, fue la mía. No es difícil imaginar que toda la vida tuvo favoritismo conmigo.
A mí no me esperaban; tres varones de catorce, once y nueve años ya eran suficientes para mis padres. Un 6 de enero, a las 11 de la mañana en la ciudad de La Plata, nací por cesárea, porque el parto se había complicado. En mi casa, mis hermanos esperaban ansiosamente tener noticias y, cuando se enteraron, salieron corriendo por el vecindario a contarles a unos tíos que vivían a dos cuadras. Una vecina le preguntó a Claudio “¿Qué te trajeron los reyes”? y él respondió feliz: “¡Una hermanita!”.
En mi primer cumpleaños, como se decía entonces, “tiraron la casa por la ventana”. Invitaron a familiares, familiares políticos de familiares, amigos, amigos de mis hermanos, vecinos… creo que hasta el cura del pueblo fue. Conservo fotos de esa noche, en el parque de mis abuelos, con cada asistente a la celebración. Veo la felicidad en los rostros de mis padres, y de los asistentes, el ambiente de algarabía y me llena de amor. Pero entre esas fotos también veo una donde aparece mi hermano Claudio con 10 años y aspecto de enfermo, y recuerdo que me contaron que él se había enfermado de paperas, justo para esa fecha y se había levantado de la cama para la foto. Muchas cosas se mueven en mí. Busco el sentido del síntoma, aunque ya sé, ya mi alma me lo está explicando, pero para ponerlo en palabras recurro a la I.A. del IACE.
“El sentido biológico de las paperas es aumentar la producción de saliva para poder atrapar un "bocado" de atención y reconocimiento.”
Ahora entiendo, desde el amor y la comprensión, muchas conductas de mi hermano, por ejemplo, todas las veces que hacía regalos grandísimos e importantes en los cumpleaños y días de la madre y del padre. A mí también, siempre que podía me obsequiaba cosas valiosas económicamente (recuerdo que él me compró mi primer celular). Fue un hijo y hermano muy amoroso, aunque muy rebelde en su adolescencia. Fue un hermano comprensivo y muy sensible a los hechos de mi vida. Muy sociable y simpático, pero de carácter fuerte e irascible. Se enojaba fácilmente y fácilmente te decía “te quiero”.
Mi hermano Claudio se fue de este plano hace dos años después de muchos años de padecer problemas cardiovasculares que le impedían movilizarse. Tenía la misma edad de mi madre cuando ella falleció, ambos diabéticos de clase 2. Sé que hay mucho para ver en su historia desde el proyecto sentido, sobre todo esto último, su “amor ciego”, su “lealtad al clan”, sus maneras de hacerse visible y buscar aprobación. Aquí, mi reconocimiento y su recuerdo.🙏
Claudio, hermanito hermoso, te llevo en mi corazón, y te honro cada día. ¡Gracias por ser parte de mi vida y mi familia! ¡Gracias por todo lo que me enseñaste! ¡Te amo! ❤️