Vivo cada día envuelta en instantes que me crean la piel,
que me desatan, que me sostienen sin preguntas.
Instantes que susurran los caminos que ya fui
y me provocan a pisar los que aún me esperan.
Y cuando caigo, cuando el cuerpo toca fondo
y el alma cree que ya no queda fuerza,
abro los ojos.
Respiro.
Miro la vida latiendo a mi alrededor.
Entonces me levanto —desnuda de miedo—
tomada de la mano del aprendizaje que nace del dolor.
Porque ahí, justo ahí,
aprendo a ser más yo,
más libre,
más viva.
Como el fénix:
ardo sin consumirme,
renazco sin pedir perdón,
y mi fuego no destruye…
mi fuego abraza el alma de quien se atreve a sentir.