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laPoesía
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43 contributions to laPoesía
La muerte de Sylvia, Anne Sexton
Oh, Sylvia, Sylvia, con un cajón muerto de piedras y cucharas, con dos chicos, dos meteoros que deambulaban tranquilos en una diminuta sala de juegos, con tu boca hacia la sábana, hacia las vigas del techo, hacia la muda plegaria, (Sylvia, Sylvia ¿a dónde fuiste después de escribirme desde Devonshire acerca de cultivar papas y criar abejas?) ¿A qué te detuviste, cómo te metiste adentro? Ladrona, ¿cómo te arrastraste adentro, te arrastraste sola dentro de la muerte que quise tanto y por tanto tiempo, la muerte que dijimos haber superado, la que llevábamos en nuestros pechos flacos, de la que hablábamos tanto cada vez que nos bajábamos tres martinis extra secos en Boston, la muerte que hablaba de analistas y curas, la muerte que hablaba como novias cómplices, la muerte que nos bebimos, los motivos y los silenciosos hechos? (En Boston los moribundos viajan en taxi, sí, la muerte de nuevo, ese viaje a casa con nuestro muchacho.) Oh, Sylvia, recuerdo al baterista dormido que nos machacaba los ojos con una vieja historia, cómo queríamos hacerlo venir como un sádico o un duende de Nueva York, para que hiciera su trabajo, una necesidad, una ventana en una pared o una cuna, y desde esa vez él esperó bajo nuestro corazón, nuestro armario, y ahora veo que lo almacenamos año tras año, viejas suicidas y por las noticias supe de tu muerte un gusto horrible, como a sal, (Y yo, yo también. Y ahora, Sylvia, tú otra vez con la muerte otra vez, ese viaje a casa con nuestro muchacho.) Y yo sólo digo con los brazos extendidos hacia ese lugar de piedra, ¿qué es tu muerte sino una vieja pertenencia, un lunar caído de uno de tus poemas? (¡Oh, amiga, mientras la luna es maligna, y el rey se fue, y a la reina se le acaba el ingenio, el borracho debería cantar!) ¡Oh, diminuta madre, tú también! ¡Oh, extraña duquesa! ¡Oh, rubiecita! Anne Sexton Traducción: Griselda García 17 de febrero de 1963
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No conozco la historia @Marita Bosco
1 like • 23d
Ostras, pues me lo leeré, gracias @Marita Bosco
Pájaros - Eugenio Montejo
Oigo los pájaros afuera, otros, no los de ayer que ya perdimos, los nuevos silbos inocentes. y no sé si son pájaros, si alguien que ya no soy los sigue oyendo a media vida bajo el sol de la tierra. Quizás es el deseo de retener su voz salvaje en la mitad de la estación antes que de los árboles se alejen. Alguien que he sido o soy; no sé, oye o recuerda; si hay algo real dentro de mí son ellos, más que yo mismo, más que el sol afuera; si es musical la fuerza que hace girar el mundo, no ha habido nunca sino pájaros, el canto de los pájaros que nos trae y nos lleva.
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El don de la ternura, R. Carver
Esta mañana hay nieve por todos lados. Hablamos sobre la tormenta. Me comentás que no dormiste bien. Te digo que yo tampoco. Tuviste una noche terrible. “Yo también.” Estamos tranquilos el uno con el otro, nos asistimos tiernamente como si comprendiéramos nuestro estado de ánimo, las mutuas inseguridades. Creemos adivinar los sentimientos del otro, no podemos, por supuesto, nunca podremos. No tiene importancia. En realidad es la ternura la que me interesa. Ése es el don que me conmueve, que me sostiene, esta mañana, igual que todas las mañanas.
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Luis Cernuda
Por el campo tranquilo de septiembre, del álamo amarillo alguna hoja, como una estrella rota, girando al suelo viene. Si así el alma inconsciente, Señor de las estrellas y las hojas, fuese, encendida sombra, de la vida a la muerte.
El trabajo de la felicidad - May Sarton
Pensé en la felicidad, en cómo se teje a diario con el silencio de la casa vacía y en que no es súbita ni gratuita sino una creación, como el crecimiento de un árbol. Nadie lo ve, pero detrás de la corteza crece otro círculo en anillos que se expanden. Nadie oyó a la raíz cavar más hondo en lo oscuro, pero por ese trabajo hacia adentro el árbol se eleva y sus penachos brillan, y sus hojas destellan. Así, la felicidad se teje con la paz de las horas y hunde sus raíces en lo profundo de la casa sola: en el rincón, el busto antiguo; los frescos pisos encerados, blancas cortinas que ondulan suave y continuamente cuando libre se mueve el viento silencioso por el cuarto; una biblioteca, una mesa y la pared blanqueada— esos son los dioses de la casa, queridos y familiares, aquí el trabajo de la fe puede hacerse mejor y el árbol que crece es musical y verde. Porque ¿qué es la felicidad sino crecer en paz, el sentido atemporal del tiempo cuando los muebles pasaron toda una vida en el mismo lugar y los viejos sueños, así como el viento al moverse, agitan las hojas de la felicidad presente? Nadie ha oído una mente ni escuchado un pensamiento pero donde alguien vivió en introspección el aire queda cargado de bendiciones, y bendice; las ventanas miran a las montañas y las paredes son amables. May Sarton (Wondelgem, Bélgica, 1912-York, Maine, 1995), en El Placard Versión de Sandra Toro
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Paz H. Páramo
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@paz-hernandez-paramo-8996
Omnia vincit amor

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Madrid