Nuestros hijos —especialmente los que todavía no hablan— viven en un silencio aparente, pero la verdad es que sus ojos hablan más fuerte que los de cualquiera. Tienen miradas que, literalmente, te funden por dentro. Hay días en los que una sola mirada tierna te pide apenas un poco de compañía, un estar ahí sin prisa. Otras veces es esa mirada transparente que te suplica paciencia cuando algo les pesa o los abruma. ¿Y qué tal la mirada viva y cómplice parado junto al refrigerador diciéndote "tengo hambre"? O esa chispa en los ojos que te grita "¡esto me encanta!". Y la más hermosa de todas: esa mirada cuando vuelves a casa después de un viaje o un día largo. Ese instante donde el gusto los invade por completo y sientes cómo la seguridad les regresa al verte cruzar la puerta, acompañada de una velada sonrisa que te dice sin palabras: "ya estamos juntos de nuevo". Esa mirada que viene acompañada de su manito buscando la tuya, jalándote despacio solo para irse a sentar juntos y, simplemente... ESTAR. Pero luego está la otra... esa mirada perdida, profunda, que de pronto nos detiene el corazón y nos entra la intriga en silencio: ¿qué estará pasando por su cabecita? Quizás esa sea la más fuerte, la que más hondo nos cala. Qué fortuna y qué bendición nos tocó al vivir este momento, en este espacio y en este camino. Aquí no estamos solos ni a la deriva; estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos. Tengo la convicción en el alma de que, Dios mediante, muy pronto venceremos esta etapa y nos va a tocar el regalo inmenso de escuchar esas tiernas voces resonar en casa. Mientras tanto, qué privilegio descifrar la vida a través de sus ojos