Muchas veces confundimos el optimismo con obligarnos a estar bien, con repetirnos que no pasa nada cuando por dentro sabemos perfectamente que sí pasa, con sonreír para no incomodar o con intentar convencer a nuestra cabeza de que todo está bajo control cuando en realidad estamos cansadas, preocupadas o atravesando algo que nos pesa. Y para mí eso no es optimismo, eso es desconexión. El optimismo real empieza en un lugar mucho más honesto cuando soy capaz de mirar lo que me está ocurriendo sin adornarlo, sin minimizarlo y sin hacerme pequeña delante de ello. Si algo me duele, me duele. Si una situación me desgasta, me desgasta. Si estoy decepcionada, preocupada o perdida, reconocerlo no me hace débil ni negativa, me hace consciente…. una cosa es aceptar la realidad y otra muy distinta convertirla en una condena. Puedo estar atravesando una etapa complicada en el trabajo, una relación que me genera inseguridad, un momento económico incómodo o una situación familiar que me está removiendo muchísimo y aun así elegir contarme esa realidad de una forma que no me deje paralizada. No necesito decirme todo es maravilloso pero tampoco necesito repetirme cada día esto no tiene salida, no puedo más siempre me pasa lo mismo o mi vida se ha roto porque la manera en la que narramos lo que vivimos también influye en cómo conseguimos atravesarlo. Y aquí hay algo que me parece importante: nuestro cuerpo también escucha la forma en la que vivimos. Cuando reprimimos constantemente lo que sentimos, cuando hacemos como si nada, cuando acumulamos tensión y seguimos funcionando sin darnos espacio, muchas veces el malestar acaba apareciendo de otras formas: insomnio, ansiedad, agotamiento, irritabilidad, tensión física, sensación de estar siempre en alerta. Eso no significa que cada síntoma tenga una causa emocional, pero sí significa que ignorarnos de forma sostenida tampoco sale gratis. Por eso el optimismo que quiero para nosotras no es infantil, no es ingenuo y no es de frases bonitas pegadas en una pared, es un optimismo con los pies en el suelo, uno que mira la dificultad de frente y aun así conserva movimiento.