El trabajo de sombra es a la vez amenazante y gratificante. Es algo tan grande que cada paso que doy en las sombras me llena de asombro y gratitud. Recientemente he tenido la oportunidad de asistir a un retiro de terapia sistémica. Es increíble cómo el cuerpo entero se tensa cuando te acercas a lugares de tu ser, de tu dolor, de tu herida. Lugares que el cuerpo recuerda como peligrosos. Nudo en el estómago, nervios, bloqueos físicos. Todos son síntomas de que estás llegando a un paquete de información que el cuerpo encapsuló por no disponer, en ese momento, de las herramientas para poder gestionarlo. El cuerpo entra en alerta. Y la magia sucede cuando conseguimos bajar al sótano a ver a esos lobos y RESPIRAR. En medio de ese torbellino de emociones (miedo, angustia, ansiedad), en medio de todos esos aullidos… RESPIRAR. Respirar a pesar del miedo, a pesar de que tu ser te grita que salgas corriendo… pero permaneces y respiras. La magia sucede en ese permanecer. La oscuridad empieza a disiparse. Se disuelven mecanismos de huida (inconscientes y desgastantes). La sombra deja de gobernar. No porque desaparezca, sino porque ya no dirige. Eso es coherencia. Y eso cambia una vida. Para eso existe Ascensión. Para no bajar solos.